sábado, 5 de septiembre de 2009

ABREVIANDO EQUIPAJE

Un decreto esencial que mamamos desde infantes es el de atesorar posesiones y pasamos la vida acumulando bienes. Decimos: ESTO ES MIO, pero la verdad, NADA lo es, todo es prestado. Alguna vez hemos visto un sepelio con mudanza? Podemos ingresar al portal de la muerte con algo material?... NO!, Nuestro peculio carece de valor donde vamos a reposar.
Entonces, será acaso que almacenamos bártulos por temor a quedar desvalidos en una sociedad donde ostentar equivale a gozar de respeto?... Los objetos nos procuran servicio y seguridad... pero su lastre nos esclaviza, porque hay que crear una red de amparo en torno a ellos.
El principio del vacío estima, que el hábito de juntar cachivaches, impide el ingreso de nuevos. Algunos atesoramos con la esperanza asaz de gozarlos algún día, o bien, refleja nuestras carencias. Feng-shui dice que si no usamos algo durante el último año, debemos cederlo y así nos proveeremos de abundancia eterna. En mi caso, estoy practicando el hábito de deshacerme de cosas que no uso.
He desarmado casa muchas veces con desprendimiento y he armando rancho nuevo con cacharros que vuelven a llegar de manera indiscriminada. Durante el último trasteo, revisé el ropero, saqué ropa que pensaba usar cuando bajara el talle —cosa bastante improbable— los libros que leí y que otros añoran y un montón de antojos que compré compulsivamente cuando quise remplazar afectos perdidos —revalué que puedo prescindir de ellos—. Cedí todo y conservé solo, los que aún me resultan preciados, porque la renuncia es un ejercicio constante, que me impongo a practicar cada día, aún con los afectos verdaderos.
Al empacar, me reencontré también con posesiones almacenadas celosamente, fotos viejas y otros recuerdos sin valor tangible. Este ritual actuó como renovación interior. Los principios taoístas dicen: “como es adentro, es afuera” y lo externo refleja lo que anida en el espíritu. Con este movimiento, aproveché para hacerlo también íntimamente y me despojé de algunos “tesoros” inútiles, y esta acción me ha devuelto una sensación reconfortante de liviandad y síntesis.
Y en este tránsito, discurrí: Las mudanzas nos ayudan a reencontrarnos con valores genuinos que no se corroen, envejecen o quiebran y que subsisten a las fluctuaciones de Wall Street. Este bagaje sutil no paga fletes y trasciende la sustancia.
Aligero mi equipaje, con la confianza de bienestar perdurable. Somos administradores de la Providencia Universal. Nada es imprescindible y las auténticas valías, son gratuitas, como el cariño fraterno, que resulta un soporte milagroso. Doy cabida en mi mente a la posibilidad de la renuncia… colmándome del bálsamo que otorga el vacío… nada más…
SALUD Y VIDA!
Oropéndola

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