Los argentinos son llorones por naturaleza —lo que realmente traduce esto es que son quejumbrosos— y no lo digo por amonestarlos —porque la crítica la estoy eliminando de mis hábitos— sino que señalo algo que tienen asumido y solo repito su pregón.
Cuando empiezan con las retahílas, se quejan del tiempo, del gobierno, de la sequía o de la lluvia excesiva; del frío, del calor, de la TV y últimamente no conozco a ningún argentino que no se queje de Cristina K… quizás lo hacen más por costumbre o porque antaño vivieron épocas inmejorables.
Cuando emigran por el contrario, dramatizan sus virtudes, al percibir la exigua calidad de vida en otros sitios de Suramérica. Los han estereotipado como arrogantes y se les estigmatiza, ideando chistes acerca de su EGO. Pero a mi, personalmente me seduce mas relacionarme con quien tenga autoestima alta que frecuentar con sumisos. Y ellos definitivamente me cautivan, con lo cual, mi efusión secreta se hace pública.
Un día, le escuché decir a Álvaro Sierra en Comarca, Cartagena:
— “Los argentinos son creídos porque tienen con que, ese país es maravilloso” —. Alvaro vino y quedó fascinado, así como muchos otros. Y su sentencia tiene visos de certeza.
Si a Colombia le llaman país del tercer mundo, Argentina sería como del segundo, —nunca he podido entender estas categorías— y lo sería entre otras, porque sus habitantes se ocupan de preservar el bienestar y mantienen su orientación enfocada en ese norte.
Nuestra relación con ellos, es estupenda. Hay algo que nos liga desde hace mucho, aparte de que su icono por excelencia —Gardel— murió en tierra colombiana y que en Medellín y sus alrededores, se escucha y se baila tango, como en Bs.As.
Hay 80 mil inscritos en la embajada, la mayoría, jóvenes que vienen a hacer una especialización o a estudiar en las múltiples universidades porteñas. Otras, son mujeres —como yo— casadas con argentinos. A pesar de estar en los extremos opuestos del mismo continente, hay empatía con ellos y viceversa.
Una vez una chica en Cartagena me hizo una pregunta:
—Bueno, Judy y porque te gustan tanto los argentinos?... ella conocía mis matrimonios con dos argentinos —uno a la vez, che…, no sean mal pensados—…
Y para esa sandez, otra respuesta tonta:
—Porque me hacen el amor al son de la cumparsita!!... dejándola con la boca abierta…
A los colombianos cuando hablamos, la gente comenta:
—Que linda tonadita que tienen! — les fascina escucharnos hablar y también la alegría que trasmitimos a sus corazones inconformes.
Aseveran que expresamos mejor el castellano y exaltan nuestra dicción dulce y sonora. Recibimos trato cordial y cálido por su parte y algunos compatriotas expresan la misma complacencia de habitar estos pagos, donde no existe xenofobia.
Aquí han albergado recurrentemente colonias de italianos, españoles, alemanes, suizos, árabes, judíos, coreanos, chinos, peruanos, bolivianos y muchos más. Conviven en relativa paz y pareciera que aquellos quienes tomamos la decisión de venir a este cono austral, se nos agradeciera con hospitalidad.
Recuerdo la primera vez que divisé esta metrópoli desde el avión. Fue una experiencia alucinante. He buscado repetir esa impresión inaugural y jamás volví a sentir el hechizo inicial en las múltiples veces que volví a aterrizar en Ezeiza y fui gastando la visión radiante de la original.
En esa ocasión —era de noche— ésta semejaba un formidable prendedor de diamantes durmiendo mansamente sobre el fondo perenne y ámbar del Río de la Plata… augurándome que su fulgor me deslumbraría por siempre… y ese broche radiante se me quedó incrustado en el alma.
Buenos Aires ha sido denominada “la ciudad que nunca duerme”. El transporte público es excelente —funciona las 24 horas— y predomina un orden en sus redes urbanas, buses, trenes y subterráneos, que nosotros aún no conocemos…
Entre mate y mate —un ritual muy gaucho— he coexistido con ellos, en tres ciclos diferentes. La primera vez fue en 1980 en Santa Fe —la tierra del famoso Monzón, contendiente de nuestro Rocky Valdés—. Era el momento histórico de la dictadura de Videla. Todos se quejaban del tirano.
En ese espacio, Galtieri le sucedió y también fui testigo presencial de cómo se orquestó una guerra —la de Malvinas— que privó de la vida a muchos jóvenes. Algunos sobrevivientes se auto-expatriaron, queriéndose alejar del horror y un grupo arribó al “corralito de piedra”, con quienes hice amistad.
También emigramos a Cartagena, sumándonos al éxodo argentino del ´82 —pues mi esposo era reservista— y decidimos soslayar la guerra. Hicimos bien, a nuestra bebita Natalia, recién nacida, no queríamos dejarla huérfana.
Respondiendo a esa esencia nómade que nos ha llevado a movernos como las piedras livianas de los arroyos, volvimos en el año 85. Ya había nacido mi hijo, David, y nos quedamos traspasando por dos democracias de estreno, las de Alfonsín y Menem. En el ’91 me manoseó muy de cerca la hiperinflación galopante que chiflaría a cualquiera y partimos de nuevo… que locura!...
Recuerdo que mi padre, ELIAS MENASSA me decía:
— Judy… piedra que mucho se mueve, no cría lama”.
Y yo le preguntaba,
— para que la quiero?... la lama…
Mi esencia es nómade y cuando la asumí, me liberé de la culpa que me generaba el ser coherente con mi naturaleza.
Hoy 25 de Mayo, hace dos años que arribé una vez mas a Buenos Aires. Le estoy haciendo honor a mi segunda patria, porque, estoy a punto de partir… y no sé cuando voy a regresar, pero tengo la certeza de que aquí siempre hay un espacio para mí. Tengo ya mis afectos enraizados por estos lados.
Esta mañana cuando regresaba a mi casa después de mis rutinas de natación, sentí el olorcito agradable de la carne dorándose lentamente sobre los rescoldos. Ese efluvio va diluyéndose por el vecindario y se introduce por los sentidos, estimulando a las glándulas salivales a secretar profusamente.
Los obreros de una construcción improvisan un asadorcito sobre cuatro ladrillos y ahí ponen su “tira” de asado —que no es mas que las mismas costillas de la res— sobre la parrilla, lo acompañan con un vinito común y unos pancitos comprados en el almacén de la esquina… ay, hombe, que delicia!... ellos tienen un ritual para hacer un asado… pa´que…son únicos!
La calidad de la carne gaucha es insuperable. Cuando se viaja por las pampas chatas, se percata la excelencia: Las vaquitas van caminando reposadas por llanuras infinitas, sin lomas que las estresen, comiendo “a barba alzá”, tranquilitas… con buena pastura, lluvia constante… esos bifes tienen que ser divinos...
La gastronomía es inmejorable y hay cocineros inigualables. Las reuniones se establecen en torno al prodigio gastronómico, procurándole categoría al paladar. La pastelería y panadería son exquisitas y la exhibición en las vidrieras son una tentación para quienes deleitamos las dulces fornituras.
En vísperas de mi partida, quedo con una sensación que ansía regocijarse una vez mas de toda ella… me entrampa con nostalgias de otoños rebosantes con cálidos matices, mil hojas alfombrando callecitas adoquinadas, tardes luminosas tinturando prolijamente algunas construcciones eclécticas con estilo europeo, pero con el encanto del sabor latino merodeando entre sauces llorones y la selva ingobernable de cemento… cierro mis ojos y percibo un palpitar profundo…
¡Ay, mi Buenos Aires querida!
¡Única… alucinante!
Que concedes tu esplendor de estrella
que llenas de hollín nuestras almas
que desdeñas mis lágrimas…
cantando milongas
me atrapaste en tu jungla de ríos humanos
que no dan tregua
Marchando deprisa en las calles… en el subte
¡Para llegar adonde?...
¿Adonde vas, mi Buenos Aires querida?
Oropéndola
Puedes ver estos articulos en la revista SOCKET de Julio:
http://www.facebook.com/home.php#/group.php?gid=26772964949
No hay comentarios:
Publicar un comentario