En el año 2004, me dio la ventolera de arrancar pa’ un festival vallenato. Los que conocen mis gustos de salsera y rockera, se extrañaron por ese entusiasmo repentino, pero el delirio contagioso de Sara Molina me persuadió y de andundera dispuse el viaje en menos de lo que canta un gallo.
Los vallenatos habían sido un género, ajeno a mis preferencias, excepto los de Escalona —interpretados por Bovea, con guitarra en vez de acordeón— Alejo Durán, Andrés Landeros y Juancho Polo Valencia. Pero después de deleitarme en este derroche de poesía telúrica a tutiplén, vibro con las nuevas canciones vallenatas, cuando están bien hechas.
Música montada en burro —le llamaba mi papá. Una vez, nos llevó con mi hermana Sagrario a conocer pueblitos muy lindos enclavados en la Sierra Nevada y nos bañamos en el Guatapurí, donde las frías y cristalinas aguas danzan juguetonas sobre las rocas pulidas por el tiempo. Pero esta vez llegué ahí, en medio de un avatar por la zona roja de los Montes de María y es a las Sabanas de Bolívar donde me remito en ésta ocasión.
Cuando Gustavo —el dueño del carro donde viajábamos— anunció que iríamos por el atajo del Carmen a Zambrano, una alerta me embargó. Circular por estos parajes de Dios, no estaba en la ruta inicial, pero un daño en el auto hizo surgir la necesidad de tomar un atajo y como tal, presentaba riesgos inminentes. Solo los avezados —e irresponsables— tendríamos la temeridad de franquear ese averno.
—Por suerte voy con tenis (zapatillas deportivas) —comenté despreocupada con espíritu aventurero y mamagallista— pretendiendo ridiculizar los augurios que me turbaban. Con alegría procurábamos espantar la fatalidad, pretendiendo que alcanzara para eludir el olor a catástrofe que deambulaba en el aire de desdicha y sinrazón. Las noticias de guerra a través de los medios, son hechos que vislumbramos como ficción; pero palpar de cerca los estragos de una beligerancia sórdida es ponerse de cara con nuestra cruda realidad.
Me corrió una gota fría… y un temblor espeluznante caminó por mi espalda tensa como cuerdas de violín. Quedamos callados, hermanados por la complicidad, durante el trayecto, en una burbuja solidaria. Se percibía un halo turbador que emanaba callado de los sucesos recientes y un silencio sepulcral rugía sordamente por el ecosistema aniquilado. La carretera desierta anunciaba que esa mano misteriosa avanzaba invisible, lacerando nuestra esencia noble y crédula.
Así son los contrastes abismales de nuestra Colombia; mientras marchábamos alborozados con ánimo despreocupado, cientos de almas sufrían, víctimas de la iniquidad; otros abandonaron sus hogares, invadidos por los bejucos que avanzaban golosos —pues la jungla seguía legitimándose inexorable, ajena al desafuero de los hombres—.
Los parranderos seguimos adelante con el jolgorio y en cuanto rebasamos el peligro —en el puente de Zambrano— celebramos con cerveza helada y un buen chicharrón en Bosconia. Así borramos de un manotazo las imágenes vividas un rato antes… recordando esa canción que cantaba Alejo Durán que dice:
…Donde quiera que uno muera, ay hombe… toa las tierras son benditas…
Al entrar al Valle de Upar, un delicioso y monzónico aguacero enjuagó nuestras penas recientes y los paseos vallenatos sonaban por doquier. Cuando escampó, una brisa refrescante de la sierra —salpicada por la lluvia de oro de los cañaguates— nos recambió el aire.
Que capacidad la que tenemos, para cambiar la frecuencia en instantes!!… pero, estos recuerdos ingratos quedaron instalados en un cuartico de mi memoria —que de momento elegí mantenerlo clausurado hasta hoy— y seguí anestesiando mi reciente desazón con parrandas y acordeones… qué bueno que me permití ese desafuero... Nada hubiese cambiado por evitarlo y nadie me quita lo bailao!
II
Los Costeños, nos pasamos festejando el solo hecho de respirar!!... Somos rústicos, como la naturaleza sobreviviente de un contexto exuberante —en ocasiones espinoso—. El sol ecuatorial —siempre en el cenit— nos tonifica el eje como una plomada, aderezándonos la piel canela, imprimiendo ese carácter auténtico y displicente, a pesar de lo agreste de nuestro entorno.
Volviendo atrás, la cara amable de Sabanas de Bolívar, la había vivido en contacto visceral con la tierra, cuando mi abuela Mercedes me llevaba de vacaciones a Ovejas —tierra de gaitas y tambores— de donde procedía su estirpe vascuence, pincelando el genotipo en las hermosas sabaneras. Aquí nació la gaita como danza, en fandangos improvisados hasta el amanecer, donde las mujeres agitando las caderas y revoleando las polleras coloridas empapaban y brazos con la vela derretida por el ardor de las candelas.
Íbamos al monte —en angarillas de burro— atravesando estepas montañosas hasta un Rancho ubicado en La Mojana, al lado de un arroyuelo frío de piedras morunas. Allí vivía mi tía Silvia, con su numerosa familia. En ese ámbito, fui feliz, porque me sentía libre. Aprendí a ser solar, porque madrugaba al ritmo campesino, que se tomaban el tintico —café negro— y salían temprano a sus labores, para evitar el sol picante de mediodía.
Rodeada de pollos, pavos, cochinos, comiendo gallinas criollas en sancocho y motes de queso, aliñados con amarantos —que llamaban bleo— me mantenía en un reino, donde rebosaban los estímulos. Me bañaba en los arroyitos fríos y transparentes, jugaba con los animales, trepaba en los árboles en búsqueda de frutas jugosas —o por el mero placer de divisar la planicie desde otra perspectiva—, andaba por ahí suelta e madrina, atrapando la sensualidad, solazándome con travesuras montunas e inventando otras formas de coexistir, distintas a las urbanas. Creo que desde ahí ese paisaje me embriagó —el mismo que ahora miré asustada desde el carro— y ahora germinan renovados de los resquicios de mi alma, donde fueron quedándose agazapados. La gente del campo era sencilla y franca —y aún siguen siéndolo en cualquier punto del planeta— vivían en su mayoría del cultivo del tabaco; lo sembraban y después de cosechado lo ponían a secar, colgando las hojas desde las palmas del rancho, inundándolo con su aroma dulzón y penetrante.
Luego me convertí en citadina, ya la yuca asá, el tintico con sabor a leña, la gallina guisá, los huevos criollos en revoltillo con ñame sancochao y de suero atollabuey, junto con las molestias que ocasionan la vida campestre, no me atraían y muchos de mis familiares que vivían permanentemente convinieron en emigrar —algunos de buena gana— pues en el camino se les fue perdiendo el sentido de pertenencia. Otros, se convirtieron en desplazados. Las luces falsas de la ciudad los deslumbraron con su feria de las vanidades y especularon que la tecnología ruidosa era el mal llamado progreso. No imaginaron que al civilizarnos, nos alejamos de la sabiduría patrimonial y de la identidad real.
Desde esa época, se escuchaban cuentos truculentos sobre la gente del Carmen de Bolívar, donde siempre hubo rencillas. Sé del caso de dos familias que fueron enemigas eternas. El primero cayó liquidado accidentalmente a tiros, en una trifulca callejera y luego la familia del asesinado, tomó venganza y se fueron fumigando mutuamente… ignoro si quedarían herederos y también he olvidado los apellidos tan sonados de los protagonistas de aquella retaliación sin fin…
Algún tiempo después —un par de años— de aquella experiencia pavorosa en la carretera del Carmen a Zambrano, me inscribo en el SENA a estudiar agricultura orgánica. Jony Puente —mi profesor— nos invita a sus alumnos a El Carmen, con la idea de mirar el progreso de los policultivos —unas técnicas novedosas de agricultura— y me apunto entusiasmada en la excursión. El día señalado —el grupo interdisciplinario que éramos— subimos al bus con el desenfado de colegiales, a pesar de que la movida hacia el epicentro de conflictos, nos exponía aún a ciertos riesgos.
Llego ahí, sorbiéndome los vientos de los montes, contrastando con la humedad que exuda la fértil sabana. Se solivianta mi espíritu caprino al reencontrarme con mis raíces y un dejavú se me activa con la vista de árboles vetustos y frondosos… Lacta Mamma —como llaman los koguis a la naturaleza— está ahí, puntual, espléndida, refrescándonos de la canícula caribe, ofreciendo sus árboles, sin discriminar a quienes regala su sombra.
Nuestra primera parada fue en Ipeeca (Instituto Parroquial ecológico Emma Cecilia Arnold), cuyo propósito busca recuperar a las víctimas desplazadas por la violencia. Es un sueño que hizo realidad Emmy —Emma Cecilia, a quien no conocí, pero si su obra espléndida que divulga su naturaleza pragmática—. Allí nos reciben con honores. Emmy es por tanto, una pionera de lo imprevisible... Por sus actos, los conoceréis…
Este proyecto es sufragado por fundaciones internacionales que mantienen viva esta obra milagrosa. El director y la gente que allí trabaja están inspirados por la gracia de Emmy y de su toque de Midas. Quien creyera que en estas tierras —adonde nos acercamos con temor o miramos con indiferencia— una foránea ha fundado una morada de ilusiones a los jóvenes, dibujando sonrisas, donde antes surcaron las lágrimas, plantando semillas de amor en corazones áridos, motivándoles a albergar una fe germinada con savia de vida.
Las instalaciones albergan 1600 muchachos, que con mínimos recursos llevan su existencia con dignidad. Cada ladrillo ha sido colocado con la labor de los mismos beneficiados, pero dirigidos por una maquinaria que opera magistralmente. Los privilegiados reciben un sustento orgánico al día y las vituallas son cosecha de la granja anexa al proyecto o de las rozas que consignan los padres como cuota de patrocinio —otros aportan con obra de mano para compensar con trabajo y especies —esto los redime de la actitud mendicante que tienen algunos, que se enganchan el rótulo de pobres para encubrir la holgazanería—. También los jóvenes, reciben libros para complementar su capacitación que perfeccionan con talleres prácticos y las diversas opciones técnicas. Los compañeros de mi curso, —una selección natural, que hablamos el mismo lenguaje orgánico— nos retroalimentamos con éste regalo, apreciando de cerca la condición hacedora de algunas personas que aún creen en lo posible.
Después de un opíparo almuerzo, nos dirigimos a la Cansona. En ese lugar, muchos años antes de mi nacimiento, mi abuelo, José de la Cruz Vergara, fue asesinado a mansalva —y a machetazo limpio— en una confusión de identidades, dejando una prole de niños huérfanos a merced de las circunstancias, hecho reproducido incontables veces en nuestra historia.
—Pez grande come al chico —repetía mi tío Elías Eljach incesantemente— ...sabias palabras…
En ese sitio asombroso, un sotobosque convive con los cultivos de pancoger y con las huertas orgánicas. Se ha implementado un sistema novel y ecológico, para evitar que se sigan talando millares de árboles, con la buena excusa de sembrar, porque aquí se conservan las especies nativas. Se busca también abolir el uso de agroquímicos que desechan los países industrializados que nos encajan a nosotros. La convivencia armónica, permite a los policultivos adaptarse en sana competencia, produciendo abundante cosecha, en una graciosa alelopatía, que beneficia y protege a los individuos incluyentes. Aquí la naturaleza revela su sabiduría imperecedera y rigurosa.
Prudencio —uno de los campesinos desplazados— es nuestro anfitrión; nos lleva en un recorrido, junto con un grupo de mujeres —cabezas de hogar— que nos otorgan momentos deliciosos en un círculo cálido, donde conversamos acerca de sus necesidades y bondades. Lo curioso es que conservan la candidez propia de los montunos. Mientras compartimos experiencias, saboreamos unos mangos, tamarindos y ciruelas, recién cosechados, comer frutos recién arrancados… es un verdadero lujo!
Las mujeres cabezas de hogar, son figuras relevantes, que con liderazgo han creado códigos implícitos y rutinas meticulosas, a pesar de que algunas son analfabetas —pareciera que este hecho, les activara la intuición—. Estos instantes gratos son aliñados por un aguacero monzónico, que nos refresca del sopor que no dado tregua. Aprovechamos para descansar y escuchar historias plenas de matices. Cuando el chaparrón amaina, unas briznas blancas, motean la sierra húmeda cultivada de plantas de algodón, dándole un toque níveo a esta tarde esplendorosa y un arco iris espléndido, colorea el paisaje recién lavado.
Me sitúo de cara a esta gente, buscando encontrar mis referencias afectivas, aquellos que pueden adquirirse sembrando ternuras. Si, encontré lo que vine a buscar y lo guardo celosamente en mi bagaje personal, donde resuella vital. Ahora mis ojos fervientes vuelven a brillar con el fulgor de aquella niña y consciente del compromiso de trasmitir acerca de esta obra. Son buenas nuevas para aquellos que ignoran que estos eventos ocurren dentro del marco de nuestro combate endémico, porque publicarlos cuenta, pero mejor es consumarlos. Y hay muchos más, gestando obras calladamente.
Asumo el estilo de vida que propone estar en armonía con la naturaleza y las leyes del universo. Cuando hace años empecé monotemática a proponer el reencuentro con la la tierra, muchas personas me tacharon de loca. Y buena que es esta locura, porque éste mensaje lo he venido diseminando a mis amigos, con tan buenos resultados, que muchos de ellos han resuelto vivir en el campo, como una posibilidad para mejorar su calidad de vida —algunos ya lo han hecho realidad— al comprobar los grandes beneficios que se obtienen en este contexto, que priman sobre los privilegios que se pierden o de las incomodidades de una vida prosaica. Repetía Osho el principal precepto del jianismo, el cual había escuchado a su abuelo: No creas nada que no hayas comprobado por ti mismo. Ahí te dejo la inquietud…
Regreso con mi alma fresca, con una energía renovada para hacerme acreedora de esa tierra que debo merecer —el Nido de la Oropéndola— y con un saco lleno de aguacates carmeros, que aprovisionamos en el mercado del pueblo… son “pura grasa”… que delicia!!
“APROVECHARSE DE LA NATURALEZA ES FÁCIL, LO DIFÍCIL ES CONOCER EN QUE CONSISTEN LAS LEYES INTERNAS DE CADA NATURALEZA Y CONSERVARLA PARA NUESTRO PROPIO BENEFICIO,
ESO ES LO QUE NO LOGRAN ENTENDER LOS HOMBRES AMBICIOSOS”...
Filosofía Kogui...
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