Salustiano Vega era un hombre que gozaba del respeto y la deferencia, de los pescadores de la isla de Tierra Bomba. Había estado en la faena de la pesca desde que recordaba, cuando era imberbe aún. Sus amigos decían que al nacer lo envolvieron en una atarraya y en vez de tomar tetero, lo pusieron a chupar la cabeza de un sábalo, absorbiendo el primer hálito salitroso con el ahínco del que ama la vida desde que la percibe por primera vez. Tenía el efluvio marino impregnado en su piel pegada a los huesos y curtida de sol canicular del caribe.
Era un crío, cuando su padre Efraín Vega lo llevaba a pescar alrededor de la isla y los manglares de la bahía de Cartagena. A veces la pesca era profusa y llenaban la red con grandes especímenes. Otras, sacaban solo sardinetas que utilizaban los pescadores de cordel, cuando salían mas allá de la escollera de Bocagrande y las usaban como carnadas un poco mar adentro. También plantaron algunas nasas en lugares estratégicos donde solían deambular las langostas que luego de atrapadas, negociaban con los comerciantes del mercado de Bazurto.
Para la pesca artesanal, usaban la atarraya, que lanzaban en las insondables aguas, con un señuelo y al recogerla, jalando la cabuya que daba vuelta al contorno, resultaba una bolsa, donde quedaban atrapados los peces. Pero eso hacia mucho tiempo. Ahora Salustiano seguía a ultranza, repitiendo el mismo oficio de su padre y abuelo, con compañeros ocasionales y también con sus propios hijos gemelos, Pedrito y Abel, siguiendo la tradición de sus ancestros. Los nuevos tiempos y la tecnología, no habían cambiado para nada sus hábitos y costumbres y seguían usando el mismo bote con remos que venían trajinando sus generaciones anteriores.
Un buen día, Salustiano regresó de la faena y cuando se agachó a poner los cabos en la playa… zas!... cayó redondito a la arena. Sus hijos y compañeros, se apuraron a socorrerlo, pero era demasiado tarde; el frío de la muerte había invadido los resquicios de su morocho y enjuto cuerpo, cortando de un tajo todos los proyectos de vida que precedían a sus antepasados recientes, los cuales habían sobrepasado los 100 años. Su propio padre, todavía estaba vivito y coleando con sus 96 ruedas.
—Murió de repente, —dirían luego los amigos y vecinos—.
—Murió de un derramen— se aventuraron a vaticinar otros…
Otras versiones subterráneas hablaban de un maleficio, pero quedaron rápidamente descartada, pues no imaginaban a nadie queriendo hacerle mal a este bien querido hombre, que “era un alma de Dios” y mantenía siempre una sonrisa franca para todos que permanecía esbozada en sus labios aún después de muerto. En la comunidad, nadie se atrevió siquiera a sugerir una autopsia para saber el verdadero motivo de la muerte, tan solo lo aceptaron y siguieron adelante con los preparativos del sepelio.
Salu, como le decían en la isla, solo tenia 55 años y parecía mucho mas joven. Su abdomen plano y su caminar rápido y erguido le daban una aureola juvenil, enmarcando su rostro con una bella y cándida sonrisa, donde destellaban blanquísimos dientes de perla.
Aparte de su mujer, tenia otra, —la quería— con dos muchachitos mas y “el rancho seguía ardiendo”, porque la mocita, mucho mas joven que la mujer, estaba preñada. A Salu le apodaban también “la regadera”, porque tenía un par de gemelos con su mujer y otro par de mellos, hembra y varón con Toña —Antonia—, la clandestina, —que de clandestina no tenía nada, pues era un secreto a voces y ejercía un irresistible atractivo sobre él—. Era costumbre habitual de los isleños el poseer dos o más mujeres y en ocasiones éstas se conocían y se aceptaban mutuamente y hacían las compras juntas en el mercado pa´que rindiera la platica. Era una situación aceptada naturalmente por todos, pues era además un símbolo de machismo.
El pueblo se conmocionó. En ésta comunidad, no todos los días había un muerto, así que el hecho era un verdadero acontecimiento. Era un buen motivo para abandonar sus actividades rutinarias, apagar los picós e ir al velorio a reunirse y chacharear sobre sus vainas habituales y quejarse un poco de la mala situación, de los gobernantes, con frases como: “tiempos buenos eran los de antes”… o “te acuerdas cuando en cada tirada de atarraya, sacábamos 30 kilos de pejcao?”
Empezaron con los preparativos del entierro. El féretro colocado encima de la mesa del comedor de su pequeña casita de madera, le encajaron a los lados, un par de candelabros y una cinta morada que decía: “De tus seres queridos, hasta pronto, Salu”…
Salu estaba más elegante ahora después de muerto, de lo que antes estuvo en vida. Le habían conseguido una guayabera blanca y estrenó por fin los zapatos de charol que estuvieron esperando en el escaparate una muy buena ocasión para usarlos.
Contrataron como era costumbre una plañidera. “Ni mucha vela que alumbre al muerto, ni poca que no lo alumbre” —era la consigna — Esta, tenía como objetivo, provocar el llanto en la concurrencia, con lamentos exagerados.
—Ay Salu, tan bueno que eras… ¿porque Dios mío, porque te lo llevaste?... el me había dicho que me traería un jurel pa´l sancocho, —acompañaba estos quejidos con golpes al cajón.
—¡Ay Salustiano de mi vida y de mi corazón!… el que era tan güeno con to el mundo…ay, hombe….
—Sió gallina, sió—… espantaba a unas gallinas que picoteaban alrededor… Todo esto lo expresaba, con evidentes movimientos y contorsiones de dolor, como si el muerto fuera suyo. Sus lágrimas resbalaban copiosas por pómulos y mejillas y se confundían con el sudor que se reverberaba con el calor insoportable que producía el techo de zinc de la casa.
La concurrencia acompañaba esta muestra de sufrimiento con más llanto que se arreciaba a medida que iban llegando nuevos vecinos y se iban sumando a las lamentaciones. Algunos solo iban a dejar ahí sus lágrimas de dolores que no habían hecho evidentes y el duelo ajeno era una excusa para penar lo propio.
—Ay Salu, —repetía la contratada¬— tú nunca le habías hecho un mal a nadien, tú siempre estabas con una sonrisa en la boca… ¿Porque Dios mío porque???...
Otra contestaba:
—Me acuerdo cuando yo pasaba por aquí en la mañanita — y el me decía, “vecina ya se tomo el tintico?” y yo le decía: no, Don Salu, en mi casa hoy no amaneció ni pa´l café… —bueno, venga y tómese uno — … y ahora, quien me va a brindá el tintico… ayayay!!!
—Niña! espanten ese perro sarnoso, que se está meando al muertico, pase!!... pase!! —espantaban al perrito que entró en ese momento y orinaba muy orondo la pata de la mesa donde velaban al finado—…. Y siguió la llorona con sus clamores…
—Ay Salus, porque te juites y dejates a tu familia abandoná, y ahora quien me va a dar la ñapa….cuando compre el pejcao…apuntó otra orquestada por la multitud, y a cada frase, las féminas lloraban desconsoladas.
Los hombres habían formado un corrillo en el patio de la casa y uno de ellos contaba chistes plebes a la concurrencia que se desternillaba de la risa, mientras tomaban café, que las mujeres de la casa servían. Estas, cuando iban al patio, reían de los chistes y cuando regresaban a la salita, se unían a los llantos de las otras, así que las lagrimas de risa, se confundían con las de dolor. También había aparecido una botellita de ron “tornillo” en el ruedo que se iban pasando con una copita y ya se iban calentando los ánimos de la concurrencia.
Hubo un momento en que la quería de Salu —Toña— se hizo presente y se sumó al bejín general. Ella vestía una pollera larga floreada que destacaba sus nalgas suculentas y después de un rato de berrear al lado del féretro, se fue al fondo del patio y se puso a orinar, añingotada, junto a una cerca de cañabrava, cubriéndose un poco con la batea de madera y espantando los puercos que se acercaban a mirar con curiosidad a la advenediza, buscando algo para comer.
En ese momento le dijo una mujer a otra:
—Anda muchacha, mira a esta puñetera de adonde se puso a meá…
Y la otra le contestó:
—Ay, niña déjala…cada quien llora al muerto, por donde mas lo siente—provocando la carcajada general de las dolientes que pasaron con facilidad del llanto a la risa.
A las 4 de la tarde, el curita le echó la bendición al finado, Este, descansaba reposado dentro del cajón con la tapa abierta, ajeno a lo que ocurría y a las moscas que zumbaban alrededor.
Cerraron la tapa, lo que provocó una redoblada más fuerte de sollozos, seguida de desmayos, revolcadas en el piso. Blanca Luz, la mujer de Salus, gritaba enardecida y María Rosa, su hermana mayor, decía:
—NO!!!...no se lo lleven!!... — y se aferraba al cajón, con frenesí.
Los amigos cargaron el ataúd y toda la concurrencia salió acompañando “por ultima vez” a Salu, que tenia fama de buena gente, con lo cual, casi todos los vecinos se hallaban presentes y solidarios con los dolientes.
Empezó el cortejo fúnebre. El cementerio quedaba a poca distancia, en las afueras del pueblo, así que irían caminando como era la costumbre.
Cuando iban entrando al cementerio, los que cargaban el cofre, empezaron a sentir sacudidas extrañas dentro de este y lo soltaron espantados, cayendo al suelo con gran estrépito. Al hacerlo, la tapa se abrió y aquel Salustiano que estaba maquillado y acicalado para su último viaje, surgió de éste con los ojos abiertos y amodorrado por el estado cataléptico en que se había sumido durante las 28 horas que duró su muerte aparente. Asombrado, salió con movimientos imprecisos del ataúd, sin comprender lo que estaba ocurriendo. La última vista de la cual tenía conciencia, era la de una bandada de alcatraces que bajaban a comer los restos de la faena de pesca, un instante previo al soponcio, su caída en la arena.
Los acompañantes al cortejo al ver al muerto vivo, entraron en pánico y salieron despavoridos y gritando. El pobre Salustiano, al ver a los demás huyendo, también empezó a correr, suponiendo que el motivo del espanto general, era que algún muet-to se había escapado de las fosas mortuorias del cementerio y emprendió carrera en la misma dirección del grupo, que marchaba, delante del Salustiano bendito, en una persecución que todavía sigue dando vuelta a la gran isla de la tierra bomba.
Dicen que en las noches calladas y tibias de luna llena, se siente la algarabía de la muchedumbre vociferando y de Salustiano detrás, diciendo:
—Oigan, espérenme…
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