martes, 16 de junio de 2009

El día que naufragué en una piscina

Yo recuerdo que tendría más o menos 10 o 12 años cuando NAUFRAGUÉ en una piscina.
Era la época linda en que me iba de vacaciones a Montería a casa de los Flórez. Mi padrino, Eduardo era un hombre bonito y cariñoso conmigo. Era de origen libanés, pero el apellido suyo fue cambiado al momento de nacionalizarse en Colombia. Creo que tenía algo de alemán también. Sus ojos eran azules y magníficos y sus seis hijos también los heredaron —como también la bella estampa de María Trinidad, la madre— a quien todos llamaban cariñosamente Mariatrini. Mi papá a su vez era el padrino de una de sus hijas.
Cuando iba allá a pasarme unos días, era como ir a la gloria misma. Siempre admiré la unión familiar, la alegría que se derrochaba en esa casa, adonde entraba y salía gente todo el día.
Las comidas eran soberbiamente opíparas. En los desayunos solía haber desde carne salada, pescado, vituallas, huevos, quesos, suero, mantequilla, panes, bollos etc. En una mesa —escandalosamente grande— comíamos los de la casa y todo aquel que pasaba por ahí y llegaba. No más le decían: véngase y ya la persona sabía que podía acercarse a comer. Esa costumbre de compartir alimentos era muy bonita. En este contexto se me iba el tiempo rápidamente durante los días que allí estaba, porque realmente fueron épocas inolvidables y felices.
De los hijos de mi padrino, las contemporáneas conmigo eran las “mellas”, Mercedes y Ava. Eran idénticas y a veces hasta la madre se confundía, con lo cual les pusieron unos aretes idénticos, pero con la piedra de diferente color. Con esta gracia —ellas que eran traviesas— se la pasaban haciendo diabluras, engañando constantemente a las personas y sobretodo a los jóvenes que las rondaban. Yo me las gozaba, pues el ambiente que había en la casa de Soffy, era totalmente riguroso y allí con ellos, me sentía suelta e madrina, haciendo todo lo que me gustaba y participando de las fiestas y paseos a fincas con las mellas que se la pasaban de jolgorio constante.
Entre los programas diarios estaba el ir al Club Montería. El primer día que fui, —yo, que no era tan avispada como ellas— me paré al lado de la piscina a ver como algunos se tiraban graciosamente del trampolín —admirando esta destreza, que jamás he podido realizar— y envidio a los que pueden hacerlo. En mi generación no mandaban a nadie a clases de natación y yo hasta ese momento no sabia ni flotar en el agua.
Estaba yo ahí admirando a los que si sabían, cuando de repente alguien, por hacer recocha, me empujó y caí cual papaya madura al agua, midiendo aturdida en un instante, la gravedad del hecho. En una fracción de segundo, estaba tragándome toda el agua de la piscina monteriana y lo peor: todas ellas estaban convencidas, de que por el hecho de ser cartagenera sabría nadar y no, NO SABIA!...así que cuando empecé a dar mis “pataletas de ahogao”, nadie intentó rescatarme, pues se imaginaban que era mamadera de gallo mía… con lo cual el hecho se prolongó en extremo…ufff!!
Que mal momento!!...por fin alguien —no recuerdo quién— se atrevió a suponer que me estaba ahogando de verdad y gracias a esa persona, hoy lo estoy contando. Al rato que me sacaron, me recompuse y este incidente se convirtió en una anécdota más y motivo extra de chacotería con las “mellas” y hasta allí llegó el suceso que pronto se olvidó.
Pero yo me hice el propósito de aprender a nadar —al estilo cartagenero, por supuesto— y así me la pasé toda la vida, flotando o trasladándome en el agua sin técnica alguna, siempre con la cabeza fuera del agua.
Ahora en mi quinto piso, he estado con algunos trastornos de columna y como es bien sabido por todos, que el mejor ejercicio para fortalecer los lumbares es la natación, me dí a la tarea de “coger ese toro por los cachos” y me inscribí en un curso para aprender a nadar de una vez por todas.
Y ajá, si… y cual es el cuento?...bueno, durante mucho tiempo ese trauma que viví ese aciago día en Montería, me quedó grabado en mis centro de información, como una experiencia cercana a la muerte y había experimentado pequeños ahogamientos en la ducha y con los líquidos que bebía, pero nunca me había detenido a analizar que todo se debía al incidente en la piscina monteriana, que había alterado mi siquis. Dicen que esos traumas se alojan en el sistema límbico. Si algún médico lee esto y estoy diciendo una barbaridad, que por favor, me corrija.
En mi primer día de clase, “el corazón se me salía por la boca” y los que siguieron después fueron una verdadera tortura, pues el solo pensar de meter la nariz en el agua, me producía una angustia recalcitrante en mi cuerpo. Cuando metía la cabeza, la sacaba enseguida; —no podía hacer la apnea— porque el recuerdo negativo volvía recurrentemente y me paralizaba. Durante muchos días sentía mi corazón acelerado, palpitaciones, taquicardia y me creaba buenas excusas para ausentarme de la práctica, pero también me reprendía a mi misma por hacerlo y no declinaba. Estaba segura que si no salía de ésta tarea de una buena vez, después se me iba a complicar mas, como me ha sucedido con otras cosas que aplacé y que después ya no pude concluir.
Al principio, solo cruzaba la piscina por la parte llana y solo hace tres semanas, Florencia —la instructora, una chica muy dulce y paciente— me dijo un día:
—Judy, hoy vas a cruzar la piscina! —
Yo la miré con una cara de “burro embarcao en canoa” que ella supo leer sabiamente y me reiteró:
—Dale, yo te acompaño!!...te vas a ir por el bordecito —…dale!... yo voy a tu lado!
Mis compañeras me aplaudieron ese día cuando hice mi primer cruce, porque a mi no me daba vergüenza confesar esa aversión por el agua y a medida que iba “soltando” la lengua, también los temores iban abandonándome.
Hoy tres meses después de estar practicando dos veces por semana, muy juiciosa —porque ha habido momentos en que quise emigrar definitivamente— puedo decir que es una prueba superada. Darle materire a este pendiente, es un reto que ha sido resuelto con mucha voluntad... Cuanta angustia!!...pero lo hice y gracias a Dios, hoy ya lo estoy disfrutando. Este tema de las fobias es algo que no pasa por la razón, pues los recuerdos negativos se alojan en la parte más primitiva del cerebro.
Esto lo he contado, porque estos pequeños traumas si me los llevo pa´ la tercera edad, seguro que van a costarme mas erradicarlos. Si acompaño mis miedos con un poco de arresto, puedo vencerlos o al menos, manejarlos.
Ahora me falta vencer el temor a las cucarachas!!...uy!...que miedo!!...ah!! y a las alturas!!...y que me dicen de la claustrofobia??...ay Dios mío!!...cuantos miedos!

Oropéndola

2 comentarios:

  1. Señorita Oropéndola, genial tu relato. Me encantó encontrarte por acá descargando esas cosas que con el tiempo pesan, y hacen que uno se ahogue en un vasito de agua, así que chévere la natación a pesar de este frío. Eso se llama ser valiente, no solo por vencer el miedo, sino por hacerlo justo en esta época.
    Mija, pobre el que la salvó, no se merece tanto olvido.

    Besos

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  2. Te felicito por esa resolucion que tomastes,y me gustaria saber como venceras la proxima "Las cucarachas""yo les tengo pavor.
    Abrazos

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